El cine social y la coartada del Thriller

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El cine social y la coartada del Thriller

Antes estaba claro. El llamado cine social o era católico o era marxista. Corrían tiempos de ideología y las gafas con que se miraban las cosas acababan teniendo más importancia que la realidad misma. Pero, prismas confesionales al margen, lo cierto es que hubo un tiempo en que se hacía un cine que llamábamos “social”. La etiqueta es ya vieja y quizás  desafortunada, pero, en cualquier caso, la identidad del género era entonces evidente y uno sabía a qué a tenerse. La mayoría eran películas para sufrir. Teníamos la sensación de ir al cine a estudiar o para pasar un mal rato. El espectador, sobre todo si las películas eran europeas, abandonaba la sala de proyección con esa amarga impotencia que te dejan las situaciones que no tienen salida y con la temible posibilidad de encontrarse a la vuelta de la esquina con los problemas de la pantalla. Era un tipo de cine en el que las películas  y la vida iban de la mano.

Hoy han cambiado las costumbres, o el gusto de los espectadores, o las leyes del género. O de todo un poco, como suele decirse. También han variado las astucias de la industria cinematográfica para hacer dinero. Lo que no tendría por qué perder terreno es el talante que subyace al concepto de “lo social”, llámese como se quiera. Me refiero a esa especial atención hacia la realidad cotidiana que a la mayoría de los cineastas contemporáneos no parece afectarles más adentro de su piel. Deslumbrados por la agitación sin pausa, por el gesto violento, por la verborrea impenitente, incluso, si me apuran, por una miseria sin raíces o por el mero espectáculo de la marginalidad, cuentan historias con más pasmo y morbo que análisis o denuncia, confundiendo la visceralidad con la emoción, relatos descontextualizados e increíbles en los que, a lo sumo, se siente vértigo pero que no alcanzan a la conciencia del público.

Tengo para mí que buena parte de culpa de la escasa dimensión “social”  de muchos films actuales que, paradójicamente, enumeran cantidad de temas de hondo calado sociológico – la droga, el desempleo, la delincuencia, la corrupción a diversos niveles, la violencia particular o institucionalizada, el sexo deshumanizado, la marginalidad urbana, etc.- la tiene esa corriente generalizada, o más bien trampa comercial, que tiende a transformar en thriller casi todo lo que toca. Thrillers de leve calado referencial pero poblados de conductas sin freno y de narración enloquecida, en donde los personajes delinquen, se chutan, realizan actos brutales, no tienen techo o derrochan a espuertas, pero cuyas historias podrían situarse igualmente en Marte, si el lejano planeta tuviera bares, moteles, motos y autopistas… y la cosa más o menos funcionaría lo mismo.     En lugar de prestar atención real a los problemas, se les cita precipitadamente o se les utiliza como simples pretextos narrativos. Gato por liebre.  Flaco servicio el de un tipo de cine que acrecienta la sensación de atrocidad, sin más, sobre esta maltrecha sociedad, mientras no para mientes lo más mínimo en abordar las situaciones que afectan realmente a la colectividad, en saber de dónde vienen, o en avisar a dónde nos llevarán. No estamos por la reclamación exclusiva de un cine de realismo social y para todos caldo. Simplemente nos molesta el fraude, al tiempo que nos gustaría que el nuevo cine no le diera la razón del todo al maestro Hitchcock cuando decía aquello de que “el cine no es un trozo de vida, es un trozo de tarta”.

                                                                                                   Luis Úrbez

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