LA CULTURA DE LOS DEBERES

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LA CULTURA DE LOS DEBERES

Con la brillantez y la lucidez habituales, el profesor Javier De Lucas subrayaba hace poco en una tribuna de opinión (ver aquí) en la necesidad de profundizar en la educación y la cultura de los derechos, como una base imprescindible para el futuro de nuestra democracia. “Las sociedades democráticas —escribía De Lucas—, que tratan de hacer y vivir más y mejor democracia, no son sostenibles sin el conocimiento de los derechos de los que son titulares los ciudadanos, sin la toma de conciencia de su condición de verdaderos señores del Derecho, de señores de los derechos”. Y ello implica sobre todo, según él, insistir en la educación en derechos desde la enseñanza secundaria, como una necesidad básica y, por lo tanto, “una prioridad para los poderes públicos, pero también para los agentes sociales, sobre todo para los implicados en el proceso educativo”.

Naturalmente que una cultura de los derechos no es cualquier cultura de los mismos: “en unas sociedades como las nuestras —añade J. De Lucas—, en las que impera el atomismo individualista, es preciso educar en la distinción entre deseos, expectativas, intereses y derechos. Aprender que, incluso los que podemos considerar como nuestros derechos, entrarán muchas veces en conflicto con derechos de otros. Porque el verdadero test de los derechos es aprender a conocer, respetar y tomar en serio los derechos de otros”. Solo así podrá evitarse que la “lucha” por el Derecho y por los derechos se convierta en simple cultura de la queja, una especie de competición de plañideras —como comentaba el periodista José Javier Rueda (ver aquí)— dominada por estrategias de victimización y reclamación de ofensas y padecimientos constantes, “fingidos o reales, pero siempre sobreactuados”.

Creo coincidir plenamente con la preocupación que plantea el profesor de Lucas, pero pienso también que hoy día la reivindicación de esa conciencia cívica y democrática de los derechos pasa sobre todo, tal vez paradójicamente, por profundizar en la educación y la cultura de los deberes. No solo porque, como pensarán algunos, estos (los deberes) son necesarios para la realización de aquellos (los derechos), sino porque considerada en si misma, la estrategia de los derechos puede resultar por un lado insuficiente —para responder a cuestiones como los intereses de las futuras generaciones, la cuestión ecológica o la mirada más allá de la especie humana— y por otro débil —respecto a las derivas individualistas y estatalistas que tienden a “delegar” o difuminar la responsabilidad y la realización de los derechos, reduciendo al ciudadano a un mero consumidor de servicios.

No hay que olvidar, ciertamente, que el énfasis en la primacía de los derechos en muchos casos ha sido históricamente una respuesta a las consecuencias devastadoras que ha tenido la utilización ideológica de los deberes en contextos autoritarios. Pero como ha escrito la profesora Emilia Bea Pérez, también es posible una utilización ideológica de los derechos que, “sin ser tan letal, puede anestesiar nuestra capacidad de resistencia ante el mal y colocarnos al borde del abismo”. En su Diálogo en torno a la república con Maurizio Viroli, el profesor Norberto Bobbio, autor en su momento de un libro fundamental en la teoría de los derechos humanos —El tiempo de los derechos—, comentaba el deseo o la necesidad (que los años de vida no le permitieron) de escribir también El tiempo de los deberes; y que si la Declaración de Derechos Humanos no quiere convertirse en una relación de deseos piadosos, debería existir también una declaración equivalente de los deberes y responsabilidades, de los que el primero sería el deber de respetar a los demás y darse cuenta de que vivimos entre otros. E insistían ambos en la necesidad de una educación cívica capaz de estimular el sentido del deber.

Sin embargo, no corren buenos tiempos para la idea de deber. Y menos aún en el ámbito educativo. La sola mención al término ya parece despertar suspicacias y recelos. De hecho, para evitar esas supuestas connotaciones negativas se ha sustituido esa palabra por la más eufemística y políticamente correcta de “tareas escolares”, para referirnos a los trabajos o actividades que el profesor exige a los alumnos que hagan en casa (y hay quienes sugieren acertadamente si la reciente campaña contra los mismos no tendrá que ver con su carácter imperativo). Y cuando el presidente francés Emmanuel Macron planteó la posibilidad de recuperar en su país el servicio militar obligatorio, algunos nos dimos cuenta de que la principal dificultad para debatir aquí sobre esa cuestión no radicaba en la naturaleza militar del mismo, sino en su carácter obligatorio.

Los deberes no son simplemente el peaje necesario para la realización de los derechos (un peaje que algunos pensarán ingenuamente que la tecnología habría venido a eliminar), sino que constituyen las raíces de nuestra moralidad y, por lo mismo, de nuestra libertad y nuestra socialidad. De ahí que, posiblemente, el verdadero reto educativo y contracultural de nuestro tiempo pase sobre todo por reivindicar su importancia y por contribuir a una cultura cívica basada en ellos.

Andrés García Inda
Universidad de Zaragoza

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