LA PUERTA ESTRECHA

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LA PUERTA ESTRECHA

Uno de los lugares emblemáticos de las celebraciones navideñas en todo el mundo es la Basílica de la Natividad de Belén, uno de los templos cristianos más antiguos —la primera edificación data del siglo IV y la actual es del siglo VI—, construido sobre la cueva donde, según la tradición, nació Jesús de Nazaret.

Para quien llega a la Basílica, de amplias dimensiones en su interior, sorprende que la entrada desde el exterior a un templo tan importante sea una pequeña puerta de dintel recto, de no más de metro y medio de altura, esquinada en una gruesa pared de piedra —la llamada «Puerta de la Humildad». En realidad, la puerta bizantina original era una entrada con arco, ancha y alta, pero que fue tapiada posteriormente varias veces, tanto por los cruzados como en el periodo otomano. Quién sabe si al reducirla alguien recordó las palabras del Evangelio sobre “la puerta estrecha” (Mt 7,13-14).

Cuando visitas la Basílica de la Natividad te explican que la reducción de la puerta tenía como objetivo evitar que, en aquel tiempo de guerra, de asaltos y saqueos constantes, pudieran entrar a la Iglesia carros y caballerías. Es decir, que venía a ser algo así como el control de accesos de la época. Pero aunque ese fuera el propósito consciente e inmediato de su reforma, uno no puede evitar pensar que el sentido profundo de esa pequeña puerta sea otro, en nuestro tiempo, que también sigue siendo de continuos conflictos.

  • Quizás signifique que para acceder al misterio es necesario agacharse, lo que no deja de implicar un pequeño esfuerzo que, en ocasiones, nos coloca en una postura incómoda, a veces ridícula, indigna de la estatura personal que socialmente nos hemos esforzado en alcanzar.
  • O quizás signifique, además, que para buscar la verdad y conseguir la paz es necesario apearse de nuestras cabalgaduras o, como se dice en español, “bajarse del burro”, esto es, de nuestras seguridades y certezas, abrirse a la posibilidad del asombro y lo desconocido, de lo ignorado e incluso de lo menospreciado.
  • O quizás signifique, también, que para poder ir a lo profundo es preciso inclinarse o acuclillarse, romper las distancias, adoptar siquiera por un momento la estatura de un niño, su libertad y su disposición para observar la auténtica medida de la realidad y de las cosas.

La verdadera entrada a la Navidad es una puerta pequeña y estrecha en la que es necesario agacharse. Algo así decía el papa Benedicto XVI en su homilía de nochebuena de 2011: «Quien desea entrar en el lugar del nacimiento de Jesús, tiene que inclinarse. (…) si queremos encontrar al Dios que ha aparecido como niño, hemos de apearnos del caballo de nuestra razón ‘ilustrada’. Debemos deponer nuestras falsas certezas, nuestra soberbia intelectual, que nos impide percibir la proximidad de Dios». O como decía el filósofo Carlos Díaz, «el cristiano es el hombre que se arrodilla ante Dios para crecer como hombre». Y he aquí que para los cristianos ese Dios se manifiesta en un niño recién nacido, recostado en un pesebre por falta de alojamiento, ubicado al margen, que hace bajar de su caballo a los poderosos y abre la puerta a los humildes.

Pero no hace falta ir hasta Belén para atravesar esa puerta. Actualmente se habla mucho, y muy a menudo, de la necesidad de salir de la zona de confort para crecer, aprender o mejorar. Pero lo cierto es que esa idea —‘salir de la zona de confort’— se ha vuelto ella misma cálida y confortable. Entonces, ¿qué —o mejor: Quién— es realmente, para cada uno de nosotros, esa fuerza sin violencia que nos derriba de nuestros estrados y tronos o nos obliga a apearnos de nuestras cabalgaduras, que rompe en mil pedazos nuestro historial de títulos y credenciales, que disuelve nuestras ansias de reconocimiento, que nos baja de nuestras tarimas, púlpitos y cátedras y nos devuelve a la sorpresa, el agradecimiento, la alegría y la ilusión de aprender?

Andrés García Inda

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