TELESPECTADORES DE SEGUNDA

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TELESPECTADORES DE SEGUNDA

Al tiempo que decae el número de jóvenes – según el último padrón municipal realizado en nuestro país – aumenta progresivamente la población de personas que ya han cumplido los 65 años. Ya rondan los 9 millones. Lo que supone casi el 20 por ciento de los residentes en España. Y, mire usted por donde, que, a tenor del más reciente análisis del comportamiento de audiencia de Barlovento Comunicación, dicho segmento de la población dedica más de seis horas diarias a contemplar la televisión. Estamos, pues, ante el colectivo de mayor consumo televisivo. Un dato sociológico y cultural sobre el que rara vez nos paramos a pensar.

A pesar de felices iniciativas más o menos recientes orientadas a la organización del tiempo libre de los mayores, todavía es una realidad que muchos de nuestros ancianos no saben cómo utilizar sus muchas horas de ocio, por la sencilla razón de que nunca lo han conocido antes y consecuentemente buscan cobijo en la familia y en la distracción pasiva servida a domicilio. Invirtieron su vida en sacar adelante una sociedad de la que muchos de ellos reciben ahora más bien poco, y en esa entrega sin regateos no tuvieron la oportunidad de cultivar alguna afición en la que seguir vertiendo su creatividad. Por eso, a nadie puede resultar ajena, y menos aún sorprendente, la entrañable imagen de nuestros viejos padres y abuelos sentados, mano sobre mano, ante el televisor aguardando a que pase el día.

Son muchísimos. Y, amén de la singular cualificación que les otorga su larga contribución al actual bienestar social, no cabe duda de que constituyen también un grupo de innegable “peso social”, si tuviéramos que definirlo recurriendo a términos utilizados en la legislación vigente a la hora de hablar de la atención y de los derechos del público de la televisión. Sin embrago, visto lo que sale por la pequeña pantalla, no da la impresión de que los consideren demasiado. A lo sumo, los suelen llevar a los estudios de grabación en autobuses y con merienda, para que “hagan de público” y se rían y aplaudan cuando se lo indican los regidores del plató. Así es.

Un sector tan amplio y asiduo de audiencia tiene que ser tenido en cuenta en los planteamientos generales de la programación cuando se seleccionan los contenidos, los géneros, la distribución horaria de los distintos espacios, o los títulos de las películas, de las series o de las obras de teatro (si las hubiere…), al tiempo que tiene todo el derecho del mundo a un tipo específico de programas dirigidos a él.

La programación habitual de la televisión ya presta al espectador de más edad compañía continua y entretenimiento a ratos, pero porque el anciano está ahí, no porque se le convoque con intención de responder, por qué no, a su cultivo personal. Y, sin embargo, el rectángulo luminoso del televisor sí que es para ellos, más que para ningún otro, una ventana abierta al mundo en la inalterabilidad de su cuarto de estar. Un mundo que quizás apenas transitaron en su juventud porque “eran otros tiempos” y “había menos medios”, y hacia el que ahora alientan un espíritu curioso y desprovisto de cualquier ambición.

Luis Úrbez

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