Sin confianza no habrá futuro

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Sin confianza no habrá futuro

Lo mejor de nosotros mismos desea que el paso de esta pandemia y los difíciles días que nos está tocando vivir sirvan de lección para el futuro. Nuestra natural confianza en la buena gente, en su demostrada capacidad solidaria, en sus deseos de ayudar, en la multiplicación de sus gestos compasivos, en la aceptación serena de unas normas de costoso cumplimiento, en definitiva, nuestra confianza en el buen corazón de la inmensa mayoría, nos alienta a imaginar que algo reforzada saldrá nuestra convivencia de este mal tránsito. La población en general ha demostrado generosidad y resistencia, las dos cosas. Sin echar campanas al aire de la ingenuidad, sí me sale de dentro – y me hace bien al ánimo – alimentar un rebrote de esperanza en la vida compartida, en el saber estar juntos, en lo bueno y en lo malo, de los días que vendrán.

Me parecía obligado, y justo, dejar esto claro al comienzo de mi escrito, porque lo que sigue va por otros derroteros menos halagüeños; los derroteros por los que deambula, con gran dificultad, claro, pero simultáneamente con escasa sensatez, gran parte de la clase política. No todos. Pero convendrán conmigo que en el espacio político y en el desencuentro partidista actual, el clima no genera confianza – sino todo lo contrario – en ese porvenir de entendimiento, de buenas maneras y limpia voluntad, tan necesario para salir airosos de esta. Convertir el Parlamento en un Campo de Agramante en cada convocatoria para tratar de la crisis nos acerca al abismo de esa desconfianza. Y, llegados al borde del precipicio, lo más inteligente es retroceder. Estamos a tiempo.

Se está desgarrando el débil, muy débil, tejido político conseguido en lugar de retejerlo para que abrigue, con rigor y calor, a todos por igual en adelante. Una clase política peleada hasta la extenuación no propicia posibilidad alguna de embarcarse en un proyecto común de reconstrucción para un país fatigado y dolorido que necesita creer, ahora más que nunca, que las cosas se están haciendo honestamente y por su bien.

La ofensiva despiadada de unos por resquebrajar y someter a continua sospecha la actuación del gobierno, y el pueril miedo de los gobernantes a perder imagen o a verse sobrepasados por el flujo informativo, está sometiendo a unos y a otros a un desgaste baldío. Dediquen su esfuerzo e imaginación a algo más útil. No perdamos el tiempo, con la que está cayendo. Si los políticos se enredan en descalificaciones y reproches, en broncos debates, en lugar de escucharse, proponer, o enmendarse, entonces habrá que pensar que esta guerra la ha ganado el peor de los virus, el de la desconfianza de la gente en la capacidad de sus representantes para ver más allá de sus propias agendas.

Es verdad que se aprueban decretos y medidas… faltaría más. Pero, dado el ambiente de hostilidad reinante en muchos de sus desencuentros parlamentarios, la ciudadanía no las tiene todas consigo a la hora de oírles hablar de posibles pactos o acuerdos futuros. Si en medio de la tormenta son incapaces de compartir paraguas, no cabe mucho esperar que lo hagan cuando el tiempo escampe.

En fin, señores políticos, y dicho por lo breve, sean ustedes menos partidistas y más humanos. Dejen de mirar sobre todo a sus ideologías y a sus respectivos intereses y estrategias políticas, y mírense más a los ojos los unos a los otros. Bajen sus intenciones de la cabeza al corazón, y cumplan con honestidad, incluso con mimo, el papel que los de a pie les dimos en esta tan traída y llevada democracia nuestra: cuidarnos a todos y por encima de todo, incluso de ustedes mismos.

Luis Úrbez

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