CONFESIONES DE UN LISTILLO

Tener o no tener: Salud. ¿Es la cuestión?
31 julio, 2020
Una cultura «de paso»
15 octubre, 2020

CONFESIONES DE UN LISTILLO

Qué bien, oiga. La vuelta al trabajo – no mucho, porque soy un jubilata no oficial – ha sido para mí como un chute vitamínico tras meses de una anemia vital preocupante. Empezaba a importarme casi nada casi todo. La frase es feísima y algo cacofónica, pero expresa bien lo vivido.

Claro que la culpa es mia y solo mia. Cuestión de error en el planteamiento. El listillo en ejercicio, incluso con ínfulas de original, que uno lleva dentro, se dijo cuando empezó el confinamiento, “por fin voy a disfrutar del descanso sabático tanto tiempo añorado”. Un tiempo sabático sin movilidad o muy reducida, pero sabático al fin, un tiempo merecido, propio, intransferible e incompartido, mio, solo mio, un tiempo para darle a mi cuerpo macareno lo que pida y mandar al cuerno las cargas laborales propias y los encargos ajenos. ¡Al fin!

Hasta me pareció creativa y “muy mia” la idea. Cuando volvamos a la normalidad (bendita ilusión) recuperaré mi actividad, pero nada de ir preparando cosas para el futuro, ni adelantar tareas. Ni golpe en lo que tenga que ver con mi trabajo habitual hasta el pistoletazo de salida… pistoletazo que luego no ha sido tan sonado y tampoco se sabe muy bien hacia donde fue el disparo…Pero yo ya había tomado mi decisión. Tiempo sabático especial. Yo ya había metido la pata.

Así que, chino chano, me di a mis antojos. Prácticas y ocios que no voy a revelar aquí, porque estoy dispuesto a confesar mi error, pero no mis vicios. La residencia-comunidad en la que vivo facilitaba sin duda mi despreocupación por la conquista de objetivo alguno impuesto. Servicios fundamentales resueltos y hasta espacio abundante para pasear al aire libre. Un lujo en esos tiempos, y ambiente adecuado para una puesta en escena la mar de sabática, de alto nivel, diría yo, pero también de escaso vuelo.

 La falta de movilidad era quizás lo único que enturbiaba mi falso edén. No es que sintiera muchos deseos de salir o de viajar, pero el simple hecho de su prohibición descafeinaba en algo mi plan de servirme café-café sin impureza alguna en eso de dedicar mi tiempo a lo que se me antojara.

Pasaban los días, idénticos los unos a los otros como un desfile de cofrades, días sin rostro, cavilando cada mañana a qué dedicaría mis horas “para darme gusto”, porque esa era mi peculiar estrategia, hacer cada día lo que quisiera. ¿Y eso cómo se hace?

Parece una tontería. Pero ahí radicaba el problema. 

La pandemia había sentado sus reales sin previo aviso, y yo respondí al instante proclamando un período sabático totalmente improvisado, sin conocer siquiera cuál sería su duración. Y así, toda la confianza que el menda había depositado en sus recursos y magín para disfrutar de un futuro inmediato placentero, (casi avergüenza utilizar el adjetivo en tiempos tan aciagos), fue cediendo terreno poco a poco a una sospecha nada grata, la de estar dedicando el tiempo a “llenarlo”, pero con escaso sentido. Hacer lo que se quiere no es lo mismo que querer lo que se hace. No es que me aburriera, no, pero sí intuía que estaba excavando un túnel con escape incierto. Un pasadizo, nada lóbrego, claro, que no conducía a la libertad – esa ya la tenía – sino a la apatía. 

La apatía, ya se sabe, es un estado de desinterés y falta de motivación o entusiasmo en que se encuentra una persona y que comporta indiferencia ante cualquier estímulo externo. De ahí a la depre la distancia es poca, por no decir mínima. Y en esas estábamos cuando se reabrió mi centro de trabajo. ¿Vuelta a la normalidad? Es demasiado decir, vistas las circunstancias. Pero la realidad es que tan oportuna reapertura dio por los suelos con mi nefasto y personalísimo tiempo sabático. Mi error era agua pasada. No sé si habré aprendido la lección. Ya se verá. En cualquier caso… qué bien, oiga, he vuelto al trabajo.

Luis Úrbez

X