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Del parlamento al tranvía

El tranvía en el que yo viajo está en Zaragoza y el Parlamento de la Nación reside en Madrid. Así que las siguientes líneas nada tienen que ver con un recorrido viajero imposible, ni tampoco con la vana ilusión de que nuestros representantes políticos en la Cámara usen mayoritariamente el transporte público más barato para ir a trabajar.

Mi comentario va por otros derroteros. Trato más bien de compartir dos experiencias que, como a ciudadano de a pie o en tranvía, y al mismo tiempo observador a veces de lo que ocurre en las sesiones parlamentarias, me han hecho pensar.

 Ni que decir tiene que, como es de sentido común, paso más rato subido en un tranvía que sentado ante el espectáculo de la Carrera de San Jerónimo. Cuestión de gustos. Sí, porque muchas de las cosas que pasan en el tranvía – exceptuando el uso de los móviles – me parecen de buen gusto, y, por el contrario, lo que a menudo escucho a los diputados me parece de mala educación. Lejos de mi intención poner al mismo nivel uno y otro ámbito. No va de comparanza por los pelos, aunque lo parezca. Va solo de sentimientos primarios, ligeros y distintos, sentidos en uno y otro ambiente.

Hace ya tiempo que vengo apreciando en el tranvía de mi ciudad un clima generalizado de buena educación, de respeto y de sensibilidad hacia las necesidades o debilidades ajenas la mar de amable, y que nada ha de ver con el miedo al covid19, porque este comportamiento cumple años… No tantos como yo, a quien, sea dicho de paso, ceden el asiento cada dos por tres. Pero este pequeño y agradecido detalle, aun contando, sería lo de menos. Son muchos los gestos de corrección y de delicadeza con los otros que todo el mundo aprecia, que generan un ambiente público de cierta confortabilidad cívica, y que no me voy a entretener en ejemplificar aquí. Lo que sí importa es lo que estas actitudes significan, por mínimas que sean.  

 Las buenas maneras van más allá del status social o de los saberes de cada cual. No le hacen a uno ni más elegante ni más guapo. Manifiestan deseo de coexistir tratando a los demás como quisiera que ellos me trataran a mí. Crear el ecosistema adecuado para lograr una convivencia sana y contribuir con poco esfuerzo al bienestar de todos. Subir el tono de tolerancia, y acoger las pequeñas molestias que mis vecinos me provocan controlando posibles reacciones inadecuadas. Una conducta educada seduce y evita la crispación.  “La urbanidad es al talento lo que la gracia al rostro”, decía Voltaire. Y es ahora cuando la cita del filósofo francés y la indeseable crispación me trasladan, por arte de una imaginación loca –  ganas de unir contrarios –  a otro espacio también público que en nada se parece a la cotidiana y trivial Arcadia feliz del tranvía. 

El tranvía me ha dejado casi a la puerta de casa. En la tele retransmiten desde el Parlamento. Entre reproches, vocerío, descalificaciones y más de un insulto, consigo saber de qué va el desencuentro. El contenido es lo de menos. Estamos hablando de lo del tranvía, de educación y modales. Algo de lo que, al parecer en ocasiones, demasiadas, como le ocurría al maltratado vocativo en las declinaciones latinas de mi adolescencia, más de uno y de dos de aquellos y aquellas ilustres próceres carecen.

 La bronca y la bofetada verbal a la orden del día. De ordinario nuestros representantes inician sus réplicas “con el debido respeto, señoría” para de inmediato disparar a bocajarro contra la fama, el pasado y el presente de la susodicha señoría. Y no les llame usted al orden, paciente Presidenta, porque se envalentonan que es un sufrir. 

 Cosas. Me viene ahora a la memoria, no sé por qué, una noticia de prensa de hace unos días. En un zoológico de Londres se habían visto obligados a recluir y apartar en un recinto especial a un grupo de loros – en concreto, Loroyacos, loros grises africanos de muy mal carácter – que se dedicaban  a insultar a los visitantes, sobre todo uno de ellos que no paraba de poner verde al director del parque. Cosas.

Acertaba Platón al comentar que “cuando falta la buena educación el género humano ofrece lo peor de sí”. Que uno sepa, a los diputados los hemos puesto en aquellas butacas para que, cuando se levanten a hablar, ofrezcan exactamente lo contrario, lo mejor de sí. De no ser así, mejor será que permanezcan sentados, y a ser posible en el tranvía de mi ciudad. Algo aprenderán.

Luis Úrbez

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