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Pandemia

Me admira que la gente tenga tantas cosas que decir estos días. Y está bien. ¡Cómo no van a estar bien tantas palabras! Palabras de ánimo, de admiración, de gratitud, de consuelo, de esperanza… Están muy bien las palabras. Pero también está bien el silencio. Porque las palabras pueden distraernos y olvidar lo esencial. Y nos pasamos la vida distrayéndonos de lo esencial, distrayéndonos de “la pregunta”.

Pero necesitamos hablar y gritarle al silencio. Con todo, deberíamos hacerlo como León Felipe cuando pedía una cruz “sin barroquismos, sin añadidos ni ornamentos… Que se vean desnudos los maderos… Que no haya un solo adorno que distraiga este gesto, este equilibrio humano de los dos mandamientos…”: el mandamiento -digo yo- del silencio ante lo desconocido -¿Dios?- y el mandamiento de la mano tendida -nuestras manos- sin palabras. 

En momentos así, inesperados, cuando no podemos ni siquiera salir a la calle a distraernos, es el momento solemne de hacernos las preguntas que pocas veces  hacemos y que no necesitan ni muchas ni demasiadas palabras, pero sí del silencio. “No seáis palabreros”, decía Jesús.

¿Con qué derecho podemos hablar esos millones de hormiguitas trabajadoras, vivientes y caminantes que vamos dando vueltas sin parar por los caminos mil veces trillados del planeta tierra? ¿Qué hacemos aquí, por qué y para qué lo hacemos? ¿Por qué tenemos que empeñarnos en construir nada nuevo si, al cabo, todo termina? ¿Qué mal hemos hecho para que nuestra vida sea tan difícil?

Y al acabar, uno se pregunta, ¿hay algo que hacer?

Tal vez deberíamos callarnos todos un momento y asistir, en silencio y “sin adornos”, al rito sagrado de salvarnos los unos a los otros… Porque sólo tenemos nuestras manos. El resto es oratoria. ¿O es que vamos a estar esperando eternamente a un Dios resuelvetodo que nos libere de lo único que sabemos hacer y nos deje tranquila la conciencia? Muchos, los resignados que siguen mirando las estrellas, todavía siguen esperando a Godot… Y no sé si hay Godot.

Lo único que sé es que tenemos manos. Por eso nos preguntamos qué tenemos que hacer. Si existe Dios, lo único que se me ocurre es que Dios anda por nuestra casa disfrazado. Disfrazado de manos, convirtiendo la cruz desnuda de León Felipe, como su carpintero, en miles de cosas diferentes que, de repente, se han hecho necesarias: mascarillas, antivirales, termómetros, ambulancias, camillas, asistentes de ancianos, móviles que acompañan soledades, madres y padres incansables ante niños hiperactivos, vecinos y vecinas que llaman a la puerta, policías que alertan, soldados sin más armas que un desinfectante, especialistas de probeta, políticos que suman sin enzarzarse desesperadamente en los adornos de su partido…

El médico de “La peste”, de Camus, pensaba que, si no podemos vencer a la muerte, tal vez menos podamos luchar contra ella, y que ese es nuestro destino. “Sí, puedo comprenderlo -le respondía el amigo-, pero las victorias de usted serán siempre provisionales, eso es todo”. Y el médico le contestaba: “Siempre, ya lo sé. Pero eso no es una razón para dejar de luchar”. “No, -decía su amigo-, no es una razón. Pero me imagino, entonces, lo que debe de ser esta peste para usted”. Y el médico acababa concluyendo: “Sí, una interminable derrota”.

Puede que todo lo que hacemos con nuestras manos sea sólo eso, “una interminable derrota”… Pero al menos, salvaremos la vida durante un rato, en medio de la infinidad de siglos que nos han precedido y los que vendrán. ¿Nada más?

– “¿Eso qué importa?” -le dice el médico al sacerdote-. “Lo que yo odio es la muerte y el mal, usted lo sabe bien. Y quiéralo o no, estamos juntos para sufrirlo y combatirlo”.

Pero tal vez no sólo debemos “odiar la muerte” sino amar la vida. A lo mejor, amando la vida es como mejor luchamos contra la muerte, porque la vida es esperanza y lo otro tan sólo es derrota. Tal vez lo que nos impulsa a luchar para salvar la vida es la vida que vive dentro de nosotros y no está dispuesta a negarse a sí misma. Tal vez eso sea “Dios” y no acabamos de darnos cuenta …

José Luis Saborido Cursach

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