Un largo sábado

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Un largo sábado

“Relente de la noche,

no helaste mi esperanza,

porque no era mía

ni va a serlo.

Me la prestan”

José Jiménez Lozano

No nos gusta que nos hagan spoiler. Sentimos que conocer el final nos echa a perder la intriga de una historia. Aunque, posiblemente, más que el hecho de conocerlo, es la obsesión por ese final lo que pervierte nuestra atención y la diluye en el tiempo. Y por eso cuando ya intuimos el resultado de algo dejamos de interesarnos en el proceso. Sin embargo, también sabemos que en ocasiones, releer un libro o volver a ver una película que ya hemos visto y de la que conocemos su desenlace nos permite detenernos y degustar más en detalle algunos aspectos de la obra que en su momento, apurados por la urgencia de llegar al final, no pudimos o no supimos apreciar.

Con el relato de la pasión de Cristo, que estos días recordamos una vez más aunque sea de un modo diferente, también nos suele pasar eso. Creyentes o no, como ya nos sabemos el final  —o eso pensamos— perdemos interés en los detalles de la trama, en su singularidad inevitable, como si fuera posible, por ejemplo, llegar a la Pascua sin detenerse en los tres días de soledad y sin la incertidumbre radical de cuál —¡y cuándo!— será el último capítulo o desenlace.

Nuestros días de crisis y cuarentena se parecen mucho, desgraciadamente, a esos interminables días de vacío y soledad que recoge el Sábado Santo, a la experiencia del fracaso y la ausencia radical. Y además no sabemos ni si serán tres o trescientos ni cuál será su término y conclusión. Como los discípulos de Jesús, también nosotros nos encontramos como escondidos en casa (Jn 20, 19-23), con las puertas cerradas y sin poder salir, preocupados por los familiares y amigos, apesadumbrados por la separación y la muerte, angustiados ante la imposibilidad de abrazarnos y despedirnos, atemorizados ante la amenaza invisible, aturdidos por un ruidoso silencio que nos deja desamparados…

¿A dónde agarrarse entonces?¿en quién confiar? Hay quienes en tales circunstancias se empeñan, como los amigos de Job en la Biblia, en llenar de razones ese vacío, apelando expresa o implícitamente a un supuesto castigo de Dios, o de la naturaleza, por nuestros pecados personales o estructurales; o en relativizar el dolor de los cientos de miles de muertos sin duelo, de la desesperación y la impotencia ante las circunstancias (“no es para tanto”, nos dicen); o en convencernos de un próximo, inevitable y optimista final que todo lo resuelve (“todo acabará bien”, nos insisten).

Sí, todo acabará, pero no sabemos ni cómo ni cuándo ni para quiénes. Hemos vivido acostumbrados a pensar que conocemos el final, que todo depende siempre y únicamente de nosotros, que siempre podremos hacer spoiler. Y aquí estamos, encerrados, inseguros y asustados, necesitados para aguantar —esperar— de algo más que razones y optimismo.

La esperanza, escribía en uno de sus poemas Jiménez Lozano, es incierta y lenta, como el caminar de un pesado carro de heno tirado por bueyes. No la tenemos nosotros a ella, sino que es ella la que nos (sos)tiene a nosotros. Igual que una niña tira de la mano de sus padres, decía Charles Peguy. Por eso no la poseemos, sino que se nos da en préstamo, como un regalo o un don, como una visita imprevista y tal vez inoportuna que se presenta de modo intempestivo y nos libera de la angustia y el miedo diciendo simplemente: “Paz a vosotros”.

Andrés García Inda

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